Llévame a un lugar con parlantes


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Sound and Vision

3:00

David Bowie

Álbum:  Low (1977)

Bajando un poco por La Rambla desde Plaza Catalunya uno se encuentra con la famosilla, movidita, hipsterosilla, Carrer dels Tallers. Había estado ahí en un bar hace unas semanas, pero sabía que la calle es conocida por sus tiendas de discos. Hoy fui a explorarla y la idea era entrar a todas las tiendas y comprar algo significativo. Al final sólo tuve tiempo para ir a Discos Revólver. Cuando entré sonaba David Bowie. Tomé muchos discos entre mis manos  –todos viniles-; pasé del soul, al blues, al jazz, al latin, al rock, al rock en español… música brasileña, Serge Gainsbourg, más soul, más rock, boogaloo, más jazz. Iban sonando TVC15, Braking Glass, Boys keep swinging… y yo no podia elegir un sólo disco.

Hace muchos meses un buen amigo, lector implacable, me recomendó leer a Alberto Fuguet.  “Las películas de mi vida”, en específico. El  texto hace un relato en primera persona la vida de Beltrán Soler desde que era un niño migrante chileno en Los Ángeles y luego como un extranjero en el propio Chile, cuando regresa siendo un adolescente a partir de las películas que vio durante esos años.

El libro me emocionó. No sólo por las continuas referencias a la vida southern californian que me gusta pensar que conozco bien,  sino por esa prosa sencilla, autobiográfica y honesta. En Fuguet no hay intensidad sobreintelectualizada, no hay narrativa recargada, sólo un hombre poniendo en papel sus pensamientos recurrentes, sus temas, todos relacionados con su experiencia y  contexto personal.

Quise hacer entonces mi propio listado,  mi propio “Las películas de mi vida”. Y no me atreví. Son tantas que no quisiera escarbar demasiado en el por qué se han quedado conmigo. Además, desde muy temprana edad (tendría unos 14 años) separé la emoción del espectador promedio del visionado estricto y concienzudo de quien analiza, de quien está al pendiente de actores, directores, de guiones, de detalles. De quien a las comedias románticas les concede un lugar menor aunque le hayan removido la entraña en comparación a un ejercicio fílmico impecable  aunque haya tenido poco que ver con su propia alma.

 “Las canciones de mi vida”, podría titularse también este blog. A la misma edad que el cine acaparó mis ojos, la música se apoderó de mis oídos y de varias noches de búsquedas en la novedad de principios de los años 2000 que era Google y a lo largo de toda la década.  La música, a diferencia del cine, sigue siendo sólo un pasatiempo. Uno que he sofisticado bastante. La música es mi paz. Escuchar sonidos familiares saliendo de un par de bocinas o de los audífonos me devuelve a mis pensamientos; escuchar sonidos nuevos me hace sentir como una niña con su capacidad de asombro intacta. Las guitarras, las voces, las percusiones, los metales…  se agolpan en el pecho y hablan de lo que sea que esté sintiendo en ese momento. Explotan dentro. Arrancan lágrimas pero también risas. La música y su omnipresencia: el propio cine es parte de ella. El ser humano es grande no por otra cosa que su capacidad de significar y crear. Por el don de percibir sonido e imágenes. Por la ficción mezclándose con la realidad a partir de las vibraciones que vuelan por el  aire. Don’t you wonder sometimes ‘bout sound and vision? 

Al final, esta tarde compré Low, mi primer vinil de David Bowie. 

— 8 months ago
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Hope there’s someone

4:24

Anthony & The Johnsons.

Álbum: I Am a Bird Now (2005)

No pretendía ser este un diario. Pero aquí vamos. Después de clase, caminamos a una cuadra y media del edificio de Carrer de Balmes, donde estudio, y en el bar de siempre nos sentamos alrededor de Mercedes a escuchar reflexiones post-clase, a citar documentales, directores, hablar de proyectos y a beber una caña, una clara, un tinto o lo que venga mejor. El tema de las edades salió a la mesa. Él dijo 29, a unos días de los 30. Luego me vio y soltó un “Y tú, P. ¿cuántos años tienes?”. Sonreí y le regresé la pregunta en ese obvio juego de adivinar edades. “24”, contestó. No, a los 24 aún lloraba por las noches recordando los ahora míticos tiempos de California; a los 24 había regresado a casa de mis padres después de un año y medio  de  independencia que nunca lo había sido del todo;  a los 24 crucé el océano por primera vez, queriendo perderme de la universidad omnipresente aún y la casa de mis papás pero con boleto de regreso y el estigma de los que a mi alrededor lo veían como unas “vacaciones” (“vacaciones”, junto a “turista”, son dos de las palabras que más odio). A los 24, justo después de ese viaje que no pudo durar más, empecé a trabajar en una oficina y lo sufría, como si fuera un rotundo fracaso. No son 24, ahora  tengo 27 años, y hace un mes exacto crucé el Atlántico de nuevo para venir a vivir en Barcelona.

Extraño México. Extraño en realidad mi ciudad, el D.F., mi identidad chilanga y por primera vez, a la gente mía, a esas personas –familia, amigos- que me costó tanto hacer parte de mi mundo. Esta vez lo siento todo muy lejos. No sólo hay más distancia en kilómetros de aquí a allá, esta vez salí a buscar algo muy diferente y no sé exactamente si encontrarlo me llevará segura de regreso. El problema nunca ha sido regresar físicamente a casa, sino traer a mi mente de vuelta conmigo.

Ayer caminaba pasada la medianoche por Gràcia, de los Verdi, unos cines que ponen películas en idioma original, y me preguntaba “¿qué hago aquí?, ¿estoy haciendo bien las cosas?”. Vi Inside Llewyn Davis, la pieza folk de los Coen, alegoría del viaje de Ulises en La Odisea. Fui sola, no había ido sola al cine aquí aún, y lo disfruté tanto como siempre. “¿Qué hago aquí?”  

Mi primer amor fueron los libros de historia y la literatura de esa un poco rosa, debo aceptar. Luego vino Cortázar, Saramago y Coetzee.  Con el tiempo vendría la música y casi al mismo tiempo el cine. Eso hasta que encontré mi obsesión por viajar, por estar en otra parte. Después vino la gente. Tal vez el orden en que aparecieron las cosas en mi vida fue lo que marcó un destino en el que no creo. Tal vez, todo junto, han logrado ocultar un montón de vacíos y silencios que no sé llenar con amores (como he visto que hacen otros) que no son ni buenos ni malos y que en realidad difícilmente son.

La primera vez que salí, hace casi seis años, a California, buscaba conocer el mundo, buscaba arte y enriquecer un plan de vida en el que mi futuro se dibujaba entre las páginas de revistas y editoriales. Pero salió mal. Me dijeron ahí que el cine sí era posible y la historia se transformó. Todos los viajes que vinieron después han tenido el mismo fin: reencontrarlo y esta vez no soltarlo. Barcelona tiene que ser ese lazo definitivo.  Y mientras esa idea cruzaba mi mente y  bajaba por Passeig Sant Joan, sonreí sin poder evitar llorar un poco porque eso es lo que estoy haciendo aquí, porque por unos segundos en esa maraña de emociones, tuve la sensación de que mi sueño, el mayor de todos los que han pasado por mi cabeza, se hizo tangible: es esto que estoy viviendo y de verdad no hay vuelta atrás. Y no hubo amargura, absolutamente nada se echó en falta.

Llegué a casa. Me recibió el frío que producen las baldosas antiguas de la quinta planta, abrí el refrigerador, preparé un sándwich, me hice un té. Quise contar todo esto y me senté a escribirlo. Son casi las dos de la mañana y sólo me acompaña la música, como todas las noches. Pero los sueños se cumplen de uno a la vez. Supongo.

http://www.youtube.com/watch?v=_ICWKLHBDIw

— 8 months ago